Alguna vez, durante el servicio social que hice junto a varias amigas, una paciente fuera de consulta nos preguntó "¿Qué comen para estar tan flaquitas?" y mi total falta de escrúpulos me llevó a contestarle con causticidad: "Lo mismo que le decimos a usted que coma". No le reprocho nada porque supongo que fue un halago, pero la ironía no deja de ser graciosa.
Aparte de ésa, me han preguntado en varias ocasiones "¿Qué come usted?" y obtienen una respuesta similar; pero, si lo analizo a profundidad, creo que les mentí -o algo así-.
Entre mis colegas hay de todo: el nutriólogo con un estilo de vida impecable que hace ejercicio y sigue una dieta estricta; el que religiosamente va por unas alitas y cerveza cada fin de semana; el que cuida su alimentación porque no hace ejercicio; el que no cuida su alimentación para nada; el defensor y practicante del ayuno; el ferviente amante de los tacos; el vegetariano -y sus múltiples modalidades-; el pro-suplementos; el que está en contra del sistema; el que sólo come productos orgánicos; en fin, ejemplos y personalidades sobran.
Y justo aquí quiero resaltar algo: la palabra 'personalidad' proveniente de 'persona'. Si se dieron cuenta las descripciones anteriores no son exclusivas de nutriólogos, aplican para todo el mundo; y nos acomodan porque también somos personas. No sé de qué cuento se sacaron que todos seguimos un régimen alimenticio y que sólo comemos verduritas; personalmente conozco a muy pocos que lo hacen y en un momento les revelaré el secreto tras este hecho. Chan chan chán.
Pero no sin antes despotricar un poco sobre el estigma que nos persigue desde que nuestra profesión existe. Uno se acostumbra con el tiempo, pero no deja de ser incómodo que otras personas estén tan atentas a lo que servimos en el plato, más si esto se acompaña de expresiones sentenciadoras; como cuando le explicaba afablemente a un paciente que la pizza no es mala si cumple ciertas características en determinada cantidad y, tras mi esmerada explicación -porque amo la pizza-, soltó un "Mi nutrióloga hablando de pizza" con un dejo de acusación en la mirada. Tal pareciera que le dije "Puedes comer toda la pizza que quieras porque yo lo hago". NOT.
O el delirio de persecución que muchos tenemos cuando salimos a comer algo considerado 'no saludable', sobre todo si el lugar es cercano al trabajo; la cosa empeora cuando sí te encuentras a un paciente y ya no sabes si ocultar tu pastel triple chocolate, reclamarle que esté rompiendo la dieta o saludarlo y hacer como que nada pasa.
Aquí hay tres puntos que quiero señalar: Primero, no es bonito que nos juzguen tan drásticamente cuando llegamos a comer algo que no está bien visto por el código de buenas prácticas de los quisquillosos, sobre todo porque, créanme, sabemos lo que hacemos y cómo contrarrestarlo.
Segundo, no hay alimentos malos por sí solos. Actualmente es muy fácil dejarse llevar por lo que los medios de comunicación dictan que es dañino para la salud, casi nunca aclarando que dicho daño es proporcional a la exposición -excesos, pues-. Claro que de esto puntualizaré en otra publicación; por lo pronto, basta saber que si dejáramos de comer todo lo que se ha dicho alguna vez que es malo, pues ya estuvo que haríamos fotosíntesis.
Tercero y lo que más me duele en el corazón nutriológico, se está dejando de lado la verdadera esencia de lo que la alimentación es: bienestar. ¿Y cuál es el principal elemento del bienestar a través de los alimentos? Disfrutarlos; el placer de comer. Se ha impuesto una moda bien rara de hacer sacrificios para ver resultados, confundiendo la restricción y el autocastigo con vitalidad; si el mundo dejara de pensar a los buenos hábitos como abnegación, empezaría a entender lo que calidad de vida significa.
Nuestro gran 'secreto' es justo ése; no existe fórmula mágica -mucho menos estandarizada- que decrete cómo ser saludable, ni una lista de lo que se puede comer -que me han pedido más veces de las que me gustaría- ni restricciones ni privaciones ni martirios ni nada, sólo adopción de buenos hábitos, cualesquiera que prescriba el nutriólogo, porque -gracias, Zeus- no existe sólo una manera, eso sí estaría cruel.
Pasa justo al revés de una persona con malos hábitos que no mantiene suficiente tiempo los buenos y recae; si de pronto nos ven comiendo una hamburguesa rellena de brownie, tocino, refresco y helado, no se preocupen por nosotros, seguro la estamos disfrutando y pronto retomaremos el buen camino porque ya no podemos retroceder.
En los nutriólogos we trust.

Hola colega, me gusta lo que escribes en este artículo, es completamente cierto que como nutriologa estas en la mira de todos tus conocidos a la hora de comer, y la típica pregunta ¿apoco si comes esto?¿a ti ni te sirve de esto porque eres nutriologa? o la frese "me tocó sentarme junto a la nutriologa y me va a criticar lo que como"... ejemplos como este hay muchos. Está en nosotros aprender a comunicarles a la gente que se interesa, que el comer bien no es llevar una dieta restrictiva en la que no disfrutes de la comida, es aprender a comer y crear hábitos saludables.
ResponderBorrarHola.
BorrarExacto, el plan es empezar a quitar esas ideas preconcebidas erróneas, como dices, en gente que está interesada para que sea más sencillo para ellos realizar cambios, y también en la que no para empezar a crear ese interés y vean lo fácil que es y todos los beneficios que conlleva.
Gracias por leer y por tu opinión. Saludos.