miércoles, 16 de noviembre de 2016

El nimio salario del nutriólogo


Quiero pensar que no soy la única que vio la famosa estadística en donde "Nutriólogo" perfilaba como una de las profesiones peores pagadas en nuestro país. Cuando la vi aún no ejercía, me faltaba un par de años para concluir la universidad, pero eso no evitó que los ánimos bajaran. 

También recuerdo a varios profesores pesimistas que, cansados de las condiciones, decían que la cosa estaba muy difícil y que de verdad debías tener vocación porque de la Nutrición no te harías rico. 

Ahora veo a varios de mis colegas que, como yo, apenas van tomando vuelo, pero tan pronto ya están decepcionados de la situación, de que no hay trabajo y el poco que hay está mal remunerado; hasta el grado de decir que mejor hubieran estudiado otra cosa o a algunos ya muy decididos de empezar otra carrera que "no tenga nada que ver con nutrición". 

La verdad es que el panorama sí está feito. Dejando por lo pronto el autoempleo y el postgrado, vamos a hablar, primero, de las plazas de nutriólogos en instituciones. 

Ah, sí. ¡No existen! 

Es muy curioso porque, revisando programas de gobierno -de los que luego hablaré gustosa-, muy bien estructurados y planificados, siempre, como parte de la prevención y tratamiento de enfermedades, canalizan a los derechohabientes con el nutriólogo de su unidad más cercana. ¿Y entonces qué pasa? Resulta que no hay nutriólogo en la unidad más cercana; si bien les va, hay practicantes que están unos meses o pasantes que duran un año y luego no les vuelven a mandar a nadie en un buen rato. En la ciudad donde vivo, de todos los centros de salud que hay, que no son pocos, sólo uno ¡UNO! tiene nutriólogo de base para la consulta. ¿Y los demás? Bien, gracias. 

Y no es porque no hagan falta o porque haya escasez de profesionales de la salud, es porque "no hay presupuesto" para contratarlos, ni para pagarles bien a los que ya están, aparentemente. Gobierno es sólo un ejemplo, pero más instituciones públicas y privadas tampoco tienen lugar para nutriólogos o, si lo tienen, quieren pagarles diez pesos. 

Los salarios están en un rango de cuatro mil hasta doce mil pesos mensuales -esto último si te va muy bien-. ¿Cuatro mil? ¡¿Es neta?!.

Alguna vez fui -no a solicitar trabajo- a brindar mis servicios, muy necesarios, en una institución. Obviamente llegué con un plan de trabajo y una cotización. El máster de ahí me dijo "Está muy padre tu propuesta, pero ya tenemos nutriólogo; la verdad no hace todo lo que tú nos ofreces, pero es que se sale del presupuesto". Para ver si podíamos llegar a un acuerdo, pregunté con toda la curiosidad guardada "¿Cuánto le pagan a su nutriólogo?". Después de escuchar la respuesta, le dije con todo el respeto posible que, para el alcance y la carga de trabajo del puesto, seis mil pesos mensuales es una burla. 

Sí, sí, yo sé que la situación está difícil y que hay trabajos mucho peor pagados que eso; pero hay que recordar una cosa, tenemos toda una formación profesional igual de significativa que otras carreras que sí son bien pagadas, además con una de las labores más importantes en el país, por eso de las enfermedades y los primeros lugares en obesidad, you know.

Llamó la atención del buen samaritano que me explicaba los costos de la maestría que quiero estudiar, mi imposibilidad -espero que temporal- de pagarla, con todo y las facilidades que ellos ofrecen, ya que mi sueldo neto es casi igual a lo que tendría que liquidar al mes -ya sé, está bien cara, pero sólo ahí está-, tanto, que sacó su ayuda visual para explicarme los números de lo que debería estar ganando por contar con licenciatura. Y yo, toda decepcionada: "Sí, debería y me gustaría, pero así no son las cosas".

Dentro de los trabajos que sí existen, están los clásicos abusivos de gimnasio -no digo que todos, ¿ok?- que quieren que el nutriólogo atienda a mil personas en tres horas y si puede más, pues más, por la misma paga; o si es por consulta, le ofrecen un flamante veinte por ciento de la ganancia total, como si su trabajo valiera ese pequeño porcentaje. Los que quieren bajar el salario porque "no realiza funciones de nutriólogo, sino administrativas". Los que dicen "Sí te vamos a aumentar el sueldo, pero primero haz todo el trabajo que te encargué que no tiene nada que ver con tu puesto ni preparación, y luego vemos". Y ni hablemos de prestaciones porque no es un secreto que en muchos lugares pareciera que no saben qué es eso.  

Historias así hay infinidades; lo que me gustaría es tratar de entender porqué una labor tan importante como la del nutriólogo es tan subestimada, incluso por instituciones especializadas en salud o servicios de alimentos, las cuales, se supone, están conscientes de dicha importancia.

En un intento de análisis, fragmenté el asunto de la siguiente manera:
  • La situación económica general del país.
Es mala, siguiente punto. 

Ok, no tan simplonamente. No soy economista y con mucho esfuerzo apenas comienzo a entender qué carajo sucede con el dinero que existe en todo el territorio nacional. Muy aparte de las autoridades, la impunidad y demás desgorres que se traen en las altas esferas del poder -que, claro, no le quito relevancia a sus consecuencias-, lo que veo desde mi joven e inexperto punto de vista, es que parece un círculo -o una telaraña, más bien- vicioso. No hay empleo, ni dinero, ni educación, ni salud, y cualquiera puede ser causa y consecuencia de otra. 

Específicamente en el gremio de nutriólogos, los empleos están muy mal pagados, pero en muchos casos es eso o no tener ninguna fuente de ingresos. ¿Aceptarlos o no? Ésa es la cuestión. Si nos ponemos reinas a exigir nuestros derechos, fácilmente podríamos terminar con ofertas ridículas hasta que dieran algo digno; el problema es que cuando debes cubrir mil gastos de renta, luz, agua, gas, Internet, comida, teléfono, transporte, emergencias y hasta lo de una familia, no te pones a pensar tanto en lo que mereces, sino en lo que necesitas. Aunado a que si no lo aceptas tú, alguien más lo hará, y no necesariamente un colega, sino alguien que dice "A fuerza, yo ni estudié la universidad y voy a trabajar como si lo hubiera hecho". Se entiende la postura, pero es otro remolino del que no saldremos nunca porque mientras haya gente que trabaje por esas cantidades, éstas jamás aumentarán.
  • La falta de cultura de prevención.
Uno de los comentarios más dolorosos que he escuchado en mi vida fue "Ir con el nutriólogo es una pérdida de dinero". Y, aunque me duele aceptarlo, mucha gente todavía piensa eso; se mantienen escépticos de nuestra labor porque creen que no es tan difícil comer sano. Y no, no es tan difícil, pero ya hemos mencionado toda la información errónea que circula por doquier, las malinterpretaciones y un montón de factores más que afectan el estilo de vida de las personas sin que lo noten siquiera, que hace necesaria la orientación; además de todas las otras funciones que podemos desempeñar. Pero la triste realidad es ésa, aunque ya hay mucha gente que reconoce la trascendencia, todavía hay mucha más que concibe como un lujo nuestro servicio. 

Lo que hace falta hacer entender es todo el ahorro -de tiempo, salud y dinero- que se tiene por el simple hecho de asistir a consulta nutricional antes de estar enfermos de algo. 
  • Los postgrados.
No es una regla general que absolutamente todos los nutriólogos de México estén mal remunerados. No todo es obscuridad y, por fortuna, existen lugares en donde sí se aprecia -de muchas maneras- el trabajo que desempeñamos; pero para los que aún no estamos en esa posición, hay alternativas como trabajar en más de un sitio o hacer un posgrado. En mi situación particular, pues... ya les conté que mi vida es muy triste y ni con beca, subsidio o un milagro puedo pagarlo -por lo pronto-. Sin embargo, hay muchas universidades con excelentes programas de maestrías, doctorados y especialidades, y organismos que proporcionan apoyos para este fin. Y para no extrañar las contrariedades de la vida, siempre y cuando no los proclamen como 'sobrecalificados para el puesto', todo estará bien.
  • La situación generacional.
La generación de las etiquetas -con todo lo que esto significa-. Voy a hablar de mi generación -aparte de porque es a la que pertenezco- porque es la que está empezando con todo lo de la situación laboral. Y aunque no me gusta encasillar a las personas en algo, sobre todo en algo tan chafa como ser un milennial -como los describen, pues-, reconozco que hay ciertos comportamientos que definen el modo de vida en determinada época. Lo que quiero enfatizar es el concepto de estabilidad. Ésta era entendida de forma diferente por generaciones anteriores; encontrar un buen trabajo y permanecer en él hasta el día de tu jubilación era algo bueno. A mí me aterra la sola idea de quedarme estática por más de treinta años. Ahora la estabilidad que se busca es la propia y, parte de eso, es el cambio constante. Oferta y demanda: si hay menos personas que buscan estar mucho tiempo en un mismo lugar, entonces habrá menos empleos -tan- formales. 

Esto, por consiguiente, hace al tema que nos queda el más viable: el autoempleo. Emprender. Ah, la belleza de ser tu propio jefe. Para no extenderme -más de lo que ya hice-, lo describiré como el "Si quieres hacer algo bien, hazlo tú mismo" o para fines de esta publicación "Si quieres un buen trabajo, créalo tú". No es tarea fácil, pero para la situación, parece ser la mejor alternativa.

De cualquier manera, aunque emprender sea lo mejor que podemos hacer -tema para otro post- siguen sin ser adecuadas las condiciones laborales de la mayoría de los puestos existentes para ejercer nuestra amada profesión. 

¿Porqué las instituciones deberían hacer algo al respecto? La respuesta es muy simple en términos financieros. Tener un nutriólogo es una inversión. Dependiendo el área, el beneficio puede ser muy específico, como tenerlo de supervisor o administrador en los servicios de alimentos, habrá eficacia en los procesos y, por ende, menos pérdidas monetarias; en salud la prevención efectiva haría un ahorro potencial de todo el dinero que se ocupa para tratamientos de enfermedades, además de apoyar a los mercados locales por la siempre buena recomendación de comer lo más natural y menos industrializado posible, opción que, además, resulta más barata. 

En términos más "generales" -o indirectos- si como empresa contratas a un nutriólogo que asesore correctamente a los empleados en su estilo de vida, el resultado será personal más sano, mejor concentrado, con reducción de fatiga y estrés y con menor frecuencia de enfermedades, lo que se traduce en mayor efectividad operacional.
   
Amigos, el dinero no es bueno ni malo, es necesario. Entonces, viendo el beneficio a corto, mediano y largo plazo, contratar nutriólogos se torna un ganar-ganar. Si en sus manos está algo de lo que acaban de leer -o incluso más-, no duden en actuar.

Piensen en eso antes de dormir, mis queridos empresarios, somos un equipo.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Dietas de moda en niños




Existen muchas creencias y formas de vida con las que no concuerdo -por eso no las profeso- que, sin embargo, respeto. Lo que no considero digno es que los padres las impongan a sus hijos. Parte de la libertad de una persona es poder elegir las ideas que quiere seguir. Y sí, los niños son personas, así que tienen ese derecho. 

Muchos podrían decir que los niños no saben nada de religión, política, fútbol, derechos animales e infinidad de temas. Pero ¿eso qué?, ser niño no significa incapacidad para aprender esas cosas; al contrario, sin ideas preconcebidas es más sencillo adquirir conocimientos. 

El modelo de imposición más claro quizá sea el de la religión. En nuestra sociedad es perfectamente normal que los hijos sean adeptos de la misma religión que los padres, que se les eduque en ella y se haga todo el circo, maroma y teatro solicitado para sus fines. Pero quién dijo que debía ser así. Entiendo que un niño que acaba de cumplir un año de edad no va a renegar el ser bautizado -por ejemplo-, pero se podría esperar a que creciera un poco y explicarle que existe una infinidad de dogmas, en qué consisten y que es libre de practicar alguno o de no hacerlo. Pero nadie lo hace porque siempre se ha de querer que los hijos sean clones y no seres independientes con juicio y propósitos propios. La imposición de credos en los niños no es una necesidad, es una necedad.

Ahora, dejando de lado la analogía religiosa -antes de que me toquen los catorrazos incorrectos-, pasa lo mismo con la alimentación. Ya hemos hablado de las dietas de moda y de lo torpe que es seguirlas sin una correcta asesoría o sin un objetivo en particular, está demás decir que hacerlo con niños es igual de absurdo. Hay personas que dejan de consumir alimentos con gluten o lactosa porque escucharon que es 'malo', cuando en realidad hay patologías específicas para la restricción de estas sustancias que no afectan a la mayoría de la población. 

Más bien, quiero retomar el tema de ciertos estilos de alimentación adoptados por razones más profundas que "bajar de peso", por una nota que salió hace poco en donde informaban sobre algunas consecuencias de las dietas sin carne en niños. Yo sé que algunos padres de familia tienen buenas intenciones y desean que sus hijos sean conscientes del mundo a su alrededor o quieren que sigan alguna doctrina por su propio bien espiritual, pero a ellos les falta discernir sobre el verdadero beneficio; pienso que ninguna creencia temprana y no totalmente entendida vale la salud de los pequeños.

Y no es porque no se pueda seguir cierto tipo de dietas o porque sean lo peor del mundo y vayan a quedar retrasados o por algún motivo alarmista que se les ocurra. El fin de esto es informar que cualquier alimentación es posible, siempre y cuando esté adaptada a cada individuo.

Podemos darles dos opciones. 

La primera, sustentada en lo que se dijo al inicio, esperar a que sus hijos formen un criterio firme para decidir con qué tipo de convicciones desean simpatizar y, mientras tanto, seguir las recomendaciones nutricionales generales para mantener una buena salud y un desarrollo integral óptimo.  

La segunda, con una muy buena justificación, acatar las costumbres que su ideología dicta sobre los alimentos, siempre con una evaluación previa y seguimiento de un régimen personalizado junto con todas las recomendaciones pertinentes. 

Ambas, claro está, bajo la asesoría de un profesional de la salud, mejor conocido como el siempre confiable nutriólogo. 

Recuerden que todo se puede adaptar, sólo no lo hagan a lo bestia y verán que se puede tener un equilibrio entre bienestar físico, emocional y espiritual.

Namasté 

miércoles, 26 de octubre de 2016

¿Comer frutas engorda?


Partiendo de la premisa que ya habíamos tratado anteriormente: no, ningún alimento "engorda" o, dicho de una mejor manera -antes de que salga la tan old fashion joke "el alimento no engorda, engordas tú"-, ninguno hace subir de peso; no por sí solos.

Ya habíamos quedado que el universo y el cuerpo humano no funcionan tan simplonamente y que se debe considerar la cantidad y la manera en que se absorbe un alimento para saber si éste nos va a poner redonditos y no discriminarlos sólo porque sean harinas o frutas o grasas. Incluso dentro de estas clasificaciones existen diferencias; aun poseyendo características similares, cada alimento es único e irrepetible, por lo que no es lo mismo comer media taza de azúcar que media taza de avena o un plátano que una lima, aunque todos contengan carbohidratos, por ejemplo. 

Aclarado ese punto, pasemos al siguiente que confiere a esta publicación. Los mitos sobre alimentación no sólo han tomado auge gracias a las redes sociales y la histeria colectiva, sino que se han hecho tan variados, al igual que sus argumentos, que alguien que no sea experto o conocedor del tema fácilmente se puede confundir. Y no los culpo; antes de sumergirme en este mágico mundo de la bioquímica, la bromatología y la fisiología, yo también creía muchas cosas equivocadas sobre la alimentación porque no sonaban tan descabelladas. Pero calmados, estamos aquí para orientarlos. 

Muy aparte de la propagación que tengan, desde hace algún tiempo los mitos se han vuelto muy molestos, principalmente porque los difusores son personas que no tienen ni una pizca de conocimiento real de nutrición, desde entrenadores físicos, vendedores multinivel o hasta mismos nutriólogos. ¡Sí! Nutriólogos con título y cédula, pero al parecer carentes de criterio, que -vaya decepción- malinformados sobre algún tema, transmiten información errónea a personas que prudentemente buscan su consejo, haciendo cumplir la máxima de que un papel no te da erudición. Entonces los nutriólogos de buenas intenciones se dan a la -difícil- tarea de desmentir aquello. 

Y es que cuando una persona tiene noción del conocimiento porque leyó algún capítulo de ese libro de elaboración de dietas, pero ignora su aplicación y no lo complementa con información de otras áreas o disciplinas o no se actualiza, se pueden generar mitos a partir de justificaciones muy convincentes como que en una dieta tradicional sólo se debe calcular el diez por ciento de los carbohidratos totales como azúcares simples provenientes de la fructosa contenida en las frutas, siendo así que en una dieta promedio de dos mil calorías, con un cincuenta y cinco por ciento de hidratos de carbono, únicamente se deben consumir dos frutas al día. Conclusión: "comer frutas engorda".

Really?! 

Si a uno como simple mortal le explican eso es muy factible que lo crea, pero al -o los- individuo que puso de moda tal falacia, se le olvidó explicar que existen otras distribuciones de macronutrimentos, que hay algo que se llama índice glicémico, la presencia y función de la fibra, así como la interacción de estos y muchos más elementos antes de que la inocente fruta se convierta en grasa y aumente el peso de una persona, nada más así, por sus ganas.

Y la falta de profundidad en este tipo de afirmaciones da pie a que la gente piense "Oh, no comeré más frutas porque voy a engordar" antes de salir de su casa rumbo a los tacos.

Amigos, hay muchos datos desacertados rondando por ahí, no siempre falsos, no siempre carentes de sentido, pero que muchas veces no aplican para todas las personas o que están fuera de contexto e incompletos -o que de plano sí son una tontería-. Si tienen alguna duda sobre algo que vieron en Internet, acérquense con su nutriólogo de confianza, ése que siempre les habla con la verdad porque se preocupa por ustedes y no con quien nada más quiere que le compren su nuevo producto sobrenatural que les va a solucionar la vida.  

Con una correcta asesoría van a mantener su peso y niveles normales de grasa. Sean felices y coman fruta. 

miércoles, 19 de octubre de 2016

¿Qué comen los nutriólogos?




Alguna vez, durante el servicio social que hice junto a varias amigas, una paciente fuera de consulta nos preguntó "¿Qué comen para estar tan flaquitas?" y mi total falta de escrúpulos me llevó a contestarle con causticidad: "Lo mismo que le decimos a usted que coma". No le reprocho nada porque supongo que fue un halago, pero la ironía no deja de ser graciosa.

Aparte de ésa, me han preguntado en varias ocasiones "¿Qué come usted?" y obtienen una respuesta similar; pero, si lo analizo a profundidad, creo que les mentí -o algo así-. 

Entre mis colegas hay de todo: el nutriólogo con un estilo de vida impecable que hace ejercicio y sigue una dieta estricta; el que religiosamente va por unas alitas y cerveza cada fin de semana; el que cuida su alimentación porque no hace ejercicio; el que no cuida su alimentación para nada; el defensor y practicante del ayuno; el ferviente amante de los tacos; el vegetariano -y sus múltiples modalidades-; el pro-suplementos; el que está en contra del sistema; el que sólo come productos orgánicos; en fin, ejemplos y personalidades sobran. 

Y justo aquí quiero resaltar algo: la palabra 'personalidad' proveniente de 'persona'. Si se dieron cuenta las descripciones anteriores no son exclusivas de nutriólogos, aplican para todo el mundo; y nos acomodan porque también somos personas. No sé de qué cuento se sacaron que todos seguimos un régimen alimenticio y que sólo comemos verduritas; personalmente conozco a muy pocos que lo hacen y en un momento les revelaré el secreto tras este hecho. Chan chan chán. 

Pero no sin antes despotricar un poco sobre el estigma que nos persigue desde que nuestra profesión existe. Uno se acostumbra con el tiempo, pero no deja de ser incómodo que otras personas estén tan atentas a lo que servimos en el plato, más si esto se acompaña de expresiones sentenciadoras; como cuando le explicaba afablemente a un paciente que la pizza no es mala si cumple ciertas características en determinada cantidad y, tras mi esmerada explicación -porque amo la pizza-, soltó un "Mi nutrióloga hablando de pizza" con un dejo de acusación en la mirada. Tal pareciera que le dije "Puedes comer toda la pizza que quieras porque yo lo hago". NOT.

O el delirio de persecución que muchos tenemos cuando salimos a comer algo considerado 'no saludable', sobre todo si el lugar es cercano al trabajo; la cosa empeora cuando sí te encuentras a un paciente y ya no sabes si ocultar tu pastel triple chocolate, reclamarle que esté rompiendo la dieta o saludarlo y hacer como que nada pasa.

Aquí hay tres puntos que quiero señalar: Primero, no es bonito que nos juzguen tan drásticamente cuando llegamos a comer algo que no está bien visto por el código de buenas prácticas de los quisquillosos, sobre todo porque, créanme, sabemos lo que hacemos y cómo contrarrestarlo. 

Segundo, no hay alimentos malos por sí solos. Actualmente es muy fácil dejarse llevar por lo que los medios de comunicación dictan que es dañino para la salud, casi nunca aclarando que dicho daño es proporcional a la exposición -excesos, pues-. Claro que de esto puntualizaré en otra publicación; por lo pronto, basta saber que si dejáramos de comer todo lo que se ha dicho alguna vez que es malo, pues ya estuvo que haríamos fotosíntesis.  

Tercero y lo que más me duele en el corazón nutriológico, se está dejando de lado la verdadera esencia de lo que la alimentación es: bienestar. ¿Y cuál es el principal elemento del bienestar a través de los alimentos? Disfrutarlos; el placer de comer. Se ha impuesto una moda bien rara de hacer sacrificios para ver resultados, confundiendo la restricción y el autocastigo con vitalidad; si el mundo dejara de pensar a los buenos hábitos como abnegación, empezaría a entender lo que calidad de vida significa. 

Nuestro gran 'secreto' es justo ése; no existe fórmula mágica -mucho menos estandarizada- que decrete cómo ser saludable, ni una lista de lo que se puede comer -que me han pedido más veces de las que me gustaría- ni restricciones ni privaciones ni martirios ni nada, sólo adopción de buenos hábitos, cualesquiera que prescriba el nutriólogo, porque -gracias, Zeus- no existe sólo una manera, eso sí estaría cruel. 

Pasa justo al revés de una persona con malos hábitos que no mantiene suficiente tiempo los buenos y recae; si de pronto nos ven comiendo una hamburguesa rellena de brownie, tocino, refresco y helado, no se preocupen por nosotros, seguro la estamos disfrutando y pronto retomaremos el buen camino porque ya no podemos retroceder. 

En los nutriólogos we trust. 

miércoles, 12 de octubre de 2016

A los nutriólogos NO nos gusta dar consulta




Generalizar es equivocarse, lo sé. Pero no me estoy equivocando, el encabezado tiene su razón de ser en el testimonio de varios de mis colegas y en mi propio sentir.

Antes de que piensen "Morra frustrada, entonces hubiera estudiado otra cosa", les explicaré. Por muy categórico que parezca el título, no me refiero a que realmente no nos guste dar consulta. Bueno, sí. 

Se pudiera pensar que, para nosotros, en el mundo existen dos tipos de personas: nutriólogos y los demás. Pero aun en este pequeño, trágico, cómico y portentoso mundo de la nutrición hay esferas que nada tienen que ver con jerarquías. Están, por una parte, los que odian -o simplemente no compenetran con- la nutrición clínica y se dedican a las muchas otras áreas derivadas -de las cuales les hablaré detalladamente en otro post- y, en el extremo opuesto, los que se desviven por las patologías y sus tratamientos.

Y luego, en el limbo, estamos los de consultorio. Mucha gente -incluso nutriólogos mismos- piensan que éstos son los clínicos, pero se equivocan. Un profesor de mi universidad -y varios más- hacía mofa de aquellos que afirmaban "Me dedicaré a la clínica, pondré un consultorio", hasta que algún buen samaritano explicaba que en ese rubro se hace mucho, mucho más que dar consulta. Pero este texto tampoco está dedicado a nuestros heroicos nutriólogos de hospital.

Ciertos elementos de la consulta no son del total agrado de quien la otorga; el más notorio de todos: la elaboración del menú. No digo que no exista a quien le guste hacerlo, pero jamás olvidaré los días universitarios en los que dejaban resolver en equipo un caso clínico y al que perdía el volado le tocaba la minuta. No es sólo el trabajo tedioso de convertir cálculos a platillos y la falta de imaginación para hacerlos diferentes, sino lo que representa. A pesar de que en el gremio es de sobra conocido que lo más importante de todo es la educación en nutrición y no el ejemplo de lo que se puede comer en un día, una persona no sale contenta de su consulta si no lleva en mano una dieta con santo y seña. Lo peor viene cuando dice que no puede seguirla y se le da alguna alternativa, a lo que objeta que no sabe qué comer porque no tiene una dieta. Contradicciones everywhere.

Hay situaciones tan clásicas que se han convertido en todo un arquetipo en el que, casi seguro, se puede encasillar a todos los pacientes. Desde el que quiere bajar de peso sin hacer dieta ni ejercicio, el que no sigue el plan pero pide uno nuevo porque ya le aburrió el anterior, el que va por recomendación médica pero le importa un reverendo cacahuate su alimentación -y su salud-, el que tiene cincuenta centímetros de cintura pero se siente gordo y quiere bajar más de peso, el que "no puede" seguir dieta por que no come en casa y por sus horarios, el amante de los postres y las fritangas, el que quiere pastillas y malteadas, el que sigue absolutamente todas las dietas que se encuentra en el camino, el que quiere que se le incluyan las dieciséis chelas del fin de semana, y un largo etcétera. 

El problema aquí no es la realidad personal de cada uno, que no dudo que pueda ser complicada, sino el prejuicio con el que llegan a la consulta. Si tienen la mentalidad de que sus obstáculos son insuperables, que no van a cambiar nada en su vida y no van a poder seguir un plan de alimentación -sea dieta o no-, pongan atención en esto, SUS OBSTÁCULOS SON INSUPERABLES, NO VAN A CAMBIAR NADA EN SU VIDA Y NO VAN A PODER SEGUIR UN PLAN DE ALIMENTACIÓN. 

Ya decía la frasecilla ésa, no se puede ayudar a quien no quiere recibir ayuda. En serio, mis estimados, si no están dispuestos a hacer algo por su propio bien y piensan que con el simple hecho de visitar al nutriólogo van a adquirir una figura de revista -photoshoppeada y todo- y una salud incomparable por arte de magia, ahórrense -a ustedes y a sus profesionales de la salud- tiempo y esfuerzo que podrían aprovecharse mejor; de nada les servirán mil consejos acertados sobre alimentación si no van a seguir ninguno.

Ahora, retomando el primer punto, dar consulta me encanta. AMO explicar el porqué y para qué de las cosas y -algo muy mío- decirle a la gente lo que está haciendo mal, sobre todo si ello le denota un beneficio; pero no si el interés por parte del paciente es nulo. 

Uno de los aspectos más bellos de mi profesión es que una persona se comprometa consigo misma a lograr sus objetivos, porque es un hecho que los logra; el trabajo es enteramente de ella, nosotros únicamente somos guías en ese proceso y llegado ese punto, la satisfacción de ver a tu paciente feliz es indescriptible.

Deberían intentarlo. Esforzarse, digo. 

miércoles, 28 de septiembre de 2016

¿Ahora ayunar es bueno?







The New York Times publicó recientemente un artículo que habla sobre investigaciones del ayuno y sus beneficios.

Lo que yo tengo que decir a eso es: What?!

Esperen dos segundos, ¿nos dicen acaso, después de años, investigaciones, campañas y esfuerzos destinados a implantarnos a la fuerza la idea contraria, que no debemos desayunar? Pues no, no estoy de acuerdo. Tal vez soy tan reaccionaria y tradicionalista que me sobrecoge tanto este mundo cambiante y por eso mi mente y corazón de nutrióloga no conciben esta nueva idea o simplemente tengo buenas razones para decir que todo esto es bullshit

Creo que la segunda. Les contaré; iba a externar mi humilde opinión como respuesta a varios comentarios de la publicación en 'Feisbuc' del artículo, pero al descubrir defensores sin fundamento, adeptos religiosos afirmando que "el ayuno es más efectivo si se lo dedicas a Dios", chistes sobre Venezuela y a un partidario cuyo argumento más poderoso era "dijo la gorda", recordé que tengo un blog y que puedo profundizar cuanto se me antoje sin arriesgarme a encerrar mi criterio en la misma validez que tan peculiares posturas. 

No culpo a TNYT ni a los fanáticos religiosos ni a los que precisan información verídica, sino a toda la confusión que se crea ante la falta de explicaciones referentes a la escasa estandarización de métodos.

El artículo contiene varios puntos que me gustaría enfatizar:

1. "Desde una perspectiva evolutiva, nos queda claro que nuestros ancestros no comían tres veces al día". 

Concuerdo con que el hombre primitivo no hacía de tres a cinco comidas diarias, no consumía lácteos ni cereales y no padecía enfermedades crónicas, era bastante saludable; pero también me queda claro que es absurdo querer comparar al hombre actual con el de hace miles de años. Antes respondía a sus instintos: si tenía hambre, comía, sin ningún conocimiento científico previo; no tenía la capacidad fisiológica de digerir lactosa ni cereales -cuestión evolutiva, por cierto- no porque pensara "quiero bajar de peso, evitaré los carbohidratos a toda costa"; y su esperanza de vida era mucho más corta que la de ahora, que, atendiendo a la transición epidemiológica, es característica fundamental de las enfermedades crónico-degenerativas, así que aunque lograra no ser comido por un mamut, difícilmente le iba a dar diabetes. Además, ante el pequeño detalle de que era nómada, su organismo estaba preparado para recibir grandes cantidades de alimento -no las dos mil calorías consumidas en promedio hoy en día, que seguramente le darían risa- en poco tiempo y distribuir esa energía entre su actividad física moderada constante y la de gran intensidad que ocupaba para huir o cazar. Ya me imagino al hombre antiguo comiendo así en su vida sedentaria, estresado por las miles de preocupaciones que arremeten contra sus actividades diarias -hacer el súper, su vida amorosa, correr una hora en las mañanas, la crisis económica, el partido de fútbol, el trabajo-, llenándose de productos industrializados y siendo saludable. Ajá.  

2. "Los beneficios para la salud son impresionantes".

Su razonamiento, de ser cierto, es bueno, pero ¿y los perjuicios? Lo que puedo aportar en este punto es mi propia experiencia en consulta; la mayoría de los pacientes tienen problemas de sobrepeso y obesidad por sus ayunos prolongados -entre comidas y a primera hora-, es curioso cómo casi siempre los hago comer más de lo que acostumbran y tienen mejores resultados que con sus dietas restrictivas involuntarias -o voluntarias-. Todos ellos han referido, además, una mejoría general notable, más energía, mayor concentración, fatiga tardía o inexistente y nada de molestias estomacales que solían ser recurrentes, partiendo de que el estómago trabaja en todo momento, tenga o no alimento. Hay que aludir también al cerebro, a pesar del efecto protector neuronal que presumen con el ayuno, éste trabaja a base de carbohidratos, su fuente principal de energía y, a menos que se cuente con una habilidad especial para desconectarlo, estará activo todo el tiempo; lógicamente, si se reduce su combustible, a la par disminuirá su actividad. Desacelerar el metabolismo no vale la pena frente a resultados que ni siquiera están plenamente comprobados, lo que me lleva al siguiente punto.

3. "Sus defensores responden que el campo de investigación crece rápidamente".

Lo que es sinónimo de "es socarronamente nuevo, pero ahí la llevamos". Si algún defensor del ayuno está leyendo esto, lamento informarle que las pruebas de dichos estudios no son concluyentes. Y no lo digo yo, lo dicen ellos: "Ludwig señaló que aún no se ha estudiado cabalmente la efectividad de ayunar a largo plazo" -obviamente-. Además de que setecientas y ciento siete personas, respectivos estudios que mencionan, no consolidan suficiente evidencia científica como para empezar a emplear este método como único, omnipotente y verdadero. Pero, ¡ah! cómo les encanta a los medios de comunicación acrecentar la histeria colectiva y a la gente hacer polémica de encabezados -porque rara vez leen el artículo completo-. Es uno, de tantos más, que usa lenguaje bonito y difuso con la finalidad de que las personas confundan una opinión con un hecho.

4. "Sólo es cuestión de adaptarse".

Me gustó el término que empleó mi roommate cuando, como todas unas profesionales, comentábamos sobre la dichosa publicación: "Neoanoréxicos". Y es que cuando empiezan a utilizar frases como "el ayuno presiona a las células", "lo prepara para agresiones posteriores", "obliga al cuerpo", "no es una transición fácil" de una manera tan indiferente como si se tratara de aprender a cocinar, no es normal. Tampoco lo son sus tipos de ayuno. ¿Qué persona en su sano juicio va a querer dejar de comer dos días para poder comer "lo que quiera" cinco? ¡Ni siquiera pueden dejar de comer papitas en las tardes! O comer todas las calorías del día en unas horas sin vomitar -o estar cerca de-. 

No estoy diciendo que el ayuno no pueda tener sus frutos, le doy el beneficio de la duda y tiempo para comprobarlo, pero sé que -such a cliché- cada organismo es diferente y lo que funciona para unos no necesariamente lo hace para otros y -esto sí lo afirmo- es muy estúpido querer adoptar ciertas prácticas por moda o por desesperación a partir de información que no está formalmente confirmada; advertir de ello es responsabilidad de quien lo publica y lo comparte, sobre todo si piensan en todos los adolescentes -de cuerpo y mente- que se creen todo lo que leen. 

Moraleja: No crean todo lo que leen, no ayunen y -como todas mis conclusiones siempre- vayan con el nutriólogo.







P.D. Todas las palabaras subrayadas son un link que los conducirá a cosas maravillosas como el artículo que hoy critiqué. Fin.  

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Hambre, antojo o ansiedad



Común y trágicamente se tiende a confundir estas tres situaciones por desconocimiento de su significado. Hambre es la más usada por su inherencia a la comida y porque difícilmente una persona va a especificar o aceptar que está ansiosa por -sabrá Odín- qué razón; bajo circunstancias típicas, como embarazos o postres -o ambas- se designa al antojo. En general, nuestra cultura es por "naturaleza" perezosa, hasta para hablar correctamente, verdadera causa por la que se utiliza un mismo término para cosas en esencia muy distintas.

"¿Porqué esto es importante, Gaby?", me preguntarán. Yo les responderé que no lo es en absoluto, pero disfruto llenar sus cabezas de puro conocimiento que quizás les sirva para algo en algún momento de su vida, como romper el hielo con datos inútiles en una conversación incómoda. 

A lo que nos truje, pues.

Empecemos con el más simple: el hambre. Irónicamente, como proceso, es el más complejo de los tres: que la neurotransmisión, que las enzimas, que la acidificación, que la sucesión psicomotora, que la peristalsis, que esto, que el otro. Ya saben, trivialidades bioquímicas que no pienso explicarles a fondo. Por "simple" me refiero a que es más fácil identificarla y, por ende, eliminarla. Como definición muy propia, digamos que es la condición fisiológica que indica que nuestras reservas inmediatas se agotaron, que estamos liberando ácido clorhídrico a lo idiota y que debemos consumir algún alimento lo antes posible.  

Atender a esta exigencia nos va a librar de: hipoglucemia, que se reconoce por sudoración fría, temblor y mareo o dolor de cabeza; acidez, ya que nuestro amigo estómago sigue trabajando tenga o no alimento, que a largo plazo puede convertirse en gastritis; y, la más horrible de todas, reservas energéticas, o dicho de otro modo: para evitar que muramos de inanición en futuras ocasiones, el cuerpo guarda energía en forma de grasa. Sí, el dejar de comer por muchas horas podría hacernos gordos -a algunos ya les pasó-. Por fortuna, como toda cualidad fisiológica, deja de ser necesidad cuando se cubre; es decir, el hambre se quita comiendo.  

Sigamos con el antojo. Éste está diseñado para hacernos sufrir de una manera menos fisiológica, pero más cruel. Es la idealización de un alimento específico y puede presentarse simultáneamente con el hambre o solo. En la primera, ambos se hacen más voraces, pero si seguimos nuestros instintos antojadizos, al menos respondemos a una necesidad; la segunda es peor, porque si ya estamos satisfechos pero aun así cedemos ante sus bajos impulsos, seguro estaremos consumiendo un exceso, lo que también -sí, adivinaron- nos hará gordos.

Finalmente, la ansiedad. ¡Oh!, el horror. La más fácil de confundir y la más difícil de quitar. No tengo una definición precisa para ella, pero cuando decimos algo parecido a "quiero comer algo, pero no sé qué", ahí está. Normal, si es una que otra vez durante toda la vida. Si se presenta constantemente entonces es un problema, uno serio. No, amigo o amiga que se identificó con esto, no es hambre, no es antojo, tienes ansiedad y deberías dejar el ocio un rato o  visitar al psicólogo. Y por si se lo preguntaban, también nos hace gordos, no sólo por el exceso de calorías que tienen esos Pingüinos innecesarios de media tarde, sino por el origen de la ansiedad que impone estrés a nuestro organismo y que, por otro curso bioquímico complejo, crea depósitos de grasa. 

Conclusión, todo nos hace gordos.


Por si no habían notado el sarcasmo del segundo párrafo -y del anterior-, es un tema de suma importancia relativo al autocontrol, ya que si no se determinan de inicio las sensaciones o sentimientos que generan malos hábitos, éstos no podrán erradicarse, creando o acrecentando las afecciones físicas o emocionales de las que, rara vez, se toma responsabilidad -como la obesidad-. Amigos míos, los invito a hacer este ejercicio de diferenciación y verán lo fácil que es dejar de tragar como si no hubiera un mañana, en lugar de ir a decirle a su nutriólogo "es que me quedo con hambre". 




Con permiso, acabo de comer, pero tengo hambre de chocolate.

miércoles, 31 de agosto de 2016

¿Me haces una dieta?




A todos los nutriólogos, me aventuro a decir que sin excepción, nos ha pasado que al enterarse de nuestra profesión, la gente tiende a hacer la pregunta clásica e insensata "¿Me haces una dieta?". Amablemente respondemos "¡Claro! Sólo que necesito verte en consulta para medirte y pesarte" y contestan con otro clásico e insensato que termina siendo muy molesto "Mido uno setenta y peso como... pues yo creo como unos ochenta". Como si fuéramos a hacerles su dieta en medio de la fiesta.

 
Lo que todas esas personas desconocen es que decimos "medir y pesar" porque es más fácil que:

"Tengo que hacerte una evaluación antropométrica completa para identificar tu índice de masa corporal, porcentaje de grasa, de masa muscular, de agua, de masa ósea, tu grasa abdominal y visceral, complexión y edad metabólica a partir de variables como talla, peso, perímetro braquial, de cintura, cadera, muñeca, muslo y pantorrilla, anchura de codo, pliegues cutáneos bicipital, tricipital, suprailíaco y subescapular -por mencionar los mínimos indispensables-, o bien, hacer esto con impedancia bioeléctrica. Posteriormente y con base en estas medidas debo calcular tu gasto energético basal y a esto sumarle el efecto termogénico de los alimentos y la actividad física previamente interpretada en porcentaje o factor de AF según el tipo de ejercicio, la intensidad, el tiempo y la frecuencia con que lo realizas. Ya que tenga tu gasto energético total debo compararlo con tus hábitos alimentarios mediante un recordatorio de veinticuatro horas, frecuencia de alimentos y/o más instrumentos similares que me permitirán conocer tu ingesta calórica habitual, el tipo y calidad de macro y micronutrimentos y la periodicidad con que los consumes, así como el número de comidas que realizas en el día y la separación entre cada una de ellas. Para esto también debo conocer tu rutina y el tipo de actividad que desempeñas para establecer si eres sedentario, activo o muy activo, al igual que antecedentes heredofamiliares y personales patológicos y no patológicos, en especial para saber si tomas algún medicamento o si presentas algún síntoma, común o inusual,  gastrointestinal, respiratorio, psicológico o de cualquier tipo, además de que debo observar cualquier signo clínico de deficiencia o toxicidad de algún nutrimento que obviamente no vas a mencionar porque no sabes que eso existe. Finalmente puedo hacer un análisis de las causas que provocan alteraciones en cualquiera de tus indicadores y proceder a hacer un plan de alimentación adecuado a tus necesidades y enfocado a tus objetivos que, por cierto, también implica otros cálculos además de tu gasto energético total, como el equilibrio entre macronutrimentos, cantidad de proteína por kilogramo de peso, porcentajes de adecuación y distribución por tiempos de comida, así como la interpretación de eso a preparaciones de alimentos para que sea más sencillo para ti entenderlo y llevarlo a cabo. ¡Ah! y claro, no sin antes tomar en cuenta qué alimentos no te gustan."

Pero sí, no hay problema, seguro todo eso podríamos determinarlo sólo con peso y talla.

No tomen a mal mi agresividad, amigos no nutriólogos, comprendo que es difícil imaginar algo que se desconoce; a todo el mundo le pasa con otras profesiones. Yo, por ejemplo, no sé qué hace un Licenciado en Ciencias Políticas y no por eso cada que veo uno le pregunto: "Oye, ¿me...?". No, en serio, no tengo idea. 
 
Lo importante aquí es que la profesión del nutriólogo cada vez es más conocida y sigue siendo subestimada. No es coincidencia que sea porque pretendemos cambiar algo que las personas ya "saben"; pero si analizamos la situación cabalmente, no saben nada -o pretenden no saber porque es más cómodo-.

Todo está en constante evolución, el mundo dejará de ser inflexible con los nutriólogos y nosotros dejaremos de serlo con el mundo. Confíen y ya no nos pidan dietas en lugares random.



lunes, 29 de agosto de 2016

La consulta de nutrición







Desde siempre se le ha imbuido a la población que el único profesionista indispensable que tiene conocimientos que nadie más posee y su trabajo no es sustituible por el ingenio o la experiencia humana, es el médico… y, en parte, es verdad; pero incluso esta acción está mal encaminada, ya que sólo se acude a él hasta que se presenta una serie de síntomas que inhabilita para seguir con las actividades cotidianas, después de haber intentado por todos los medios encontrar una cura por cuenta propia, principalmente por remedios caseros o automedicación.

Es muy poco frecuente que exista una cultura de prevención, en donde lo ideal sería asistir con los profesionales de la salud antes de que apareciera cualquier padecimiento y no después. Asimismo, es inusual acudir con profesionales no médicos de este ámbito, a pesar de que están sumamente involucrados con la prevención y tratamiento de enfermedades, especialmente la primera. No se ha educado a la gente para solicitar asesoría sobre cómo tener un estilo de vida adecuado, mucho menos bajo la explicación lógica de todo el dinero, tiempo y salud que ahorrarían si empezaran a ocuparse por estar sanos en lugar de preocuparse cuando ya están enfermos.

Desafortunadamente, ante la obviedad de que la alimentación es una de las cosas más importantes de la vida, muchos lo ignoran; aspectos básicos como el habitual dolor de cabeza o cansancio que una persona percibe a lo largo del día, pueden tener una causa muy simple: consume menos energía de la que gasta. Todo individuo necesita determinada cantidad de energía –expresada en kilocalorías- que únicamente va a poder obtener de los alimentos; su requerimiento dependerá de su peso, estatura, edad, sexo, metabolismo y la actividad física que realice, es decir, en cada persona es diferente. Si no ha consumido lo suficiente para sus actividades, siendo el cerebro el primer órgano afectado ya que éste funciona a base de carbohidratos –la principal fuente de energía-, presentará, consecuentemente, dolor de cabeza. Y antes de pensar si ya ha comido lo necesario, pensará en qué medicamento tomar para que el dolor cese.

Hay que tener claro que, comúnmente, se ingieren más calorías de las que se gastan, el problema radica en que no se distribuyen adecuadamente, se deja al organismo varias horas sin ninguna fuente de energía y se satura en pocas comidas al día con alto contenido calórico que no será ocupado del todo en ese momento, por lo que, además de sentir fatiga todo el tiempo, el excedente empezará a almacenarse como reserva energética en el tejido adiposo, lo que causará sobrepeso y obesidad a largo plazo, con sus respectivas complicaciones. No sólo la cantidad es importante, la calidad de lo que se consume es un factor determinante en la salud, junto a otros agentes como la herencia y el medio ambiente.

Asistir a consulta con el nutriólogo podría prevenir enfermedades hasta en un 70%, debido a que es el único profesional facultado para prescribir planes de alimentación personalizados al valorar el gasto energético y necesidades individuales, orientando sobre el tipo de alimentos que se deben comer y el momento apropiado del día para hacerlo y, de esta manera, mantener un buen estado de salud.