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miércoles, 16 de noviembre de 2016

El nimio salario del nutriólogo


Quiero pensar que no soy la única que vio la famosa estadística en donde "Nutriólogo" perfilaba como una de las profesiones peores pagadas en nuestro país. Cuando la vi aún no ejercía, me faltaba un par de años para concluir la universidad, pero eso no evitó que los ánimos bajaran. 

También recuerdo a varios profesores pesimistas que, cansados de las condiciones, decían que la cosa estaba muy difícil y que de verdad debías tener vocación porque de la Nutrición no te harías rico. 

Ahora veo a varios de mis colegas que, como yo, apenas van tomando vuelo, pero tan pronto ya están decepcionados de la situación, de que no hay trabajo y el poco que hay está mal remunerado; hasta el grado de decir que mejor hubieran estudiado otra cosa o a algunos ya muy decididos de empezar otra carrera que "no tenga nada que ver con nutrición". 

La verdad es que el panorama sí está feito. Dejando por lo pronto el autoempleo y el postgrado, vamos a hablar, primero, de las plazas de nutriólogos en instituciones. 

Ah, sí. ¡No existen! 

Es muy curioso porque, revisando programas de gobierno -de los que luego hablaré gustosa-, muy bien estructurados y planificados, siempre, como parte de la prevención y tratamiento de enfermedades, canalizan a los derechohabientes con el nutriólogo de su unidad más cercana. ¿Y entonces qué pasa? Resulta que no hay nutriólogo en la unidad más cercana; si bien les va, hay practicantes que están unos meses o pasantes que duran un año y luego no les vuelven a mandar a nadie en un buen rato. En la ciudad donde vivo, de todos los centros de salud que hay, que no son pocos, sólo uno ¡UNO! tiene nutriólogo de base para la consulta. ¿Y los demás? Bien, gracias. 

Y no es porque no hagan falta o porque haya escasez de profesionales de la salud, es porque "no hay presupuesto" para contratarlos, ni para pagarles bien a los que ya están, aparentemente. Gobierno es sólo un ejemplo, pero más instituciones públicas y privadas tampoco tienen lugar para nutriólogos o, si lo tienen, quieren pagarles diez pesos. 

Los salarios están en un rango de cuatro mil hasta doce mil pesos mensuales -esto último si te va muy bien-. ¿Cuatro mil? ¡¿Es neta?!.

Alguna vez fui -no a solicitar trabajo- a brindar mis servicios, muy necesarios, en una institución. Obviamente llegué con un plan de trabajo y una cotización. El máster de ahí me dijo "Está muy padre tu propuesta, pero ya tenemos nutriólogo; la verdad no hace todo lo que tú nos ofreces, pero es que se sale del presupuesto". Para ver si podíamos llegar a un acuerdo, pregunté con toda la curiosidad guardada "¿Cuánto le pagan a su nutriólogo?". Después de escuchar la respuesta, le dije con todo el respeto posible que, para el alcance y la carga de trabajo del puesto, seis mil pesos mensuales es una burla. 

Sí, sí, yo sé que la situación está difícil y que hay trabajos mucho peor pagados que eso; pero hay que recordar una cosa, tenemos toda una formación profesional igual de significativa que otras carreras que sí son bien pagadas, además con una de las labores más importantes en el país, por eso de las enfermedades y los primeros lugares en obesidad, you know.

Llamó la atención del buen samaritano que me explicaba los costos de la maestría que quiero estudiar, mi imposibilidad -espero que temporal- de pagarla, con todo y las facilidades que ellos ofrecen, ya que mi sueldo neto es casi igual a lo que tendría que liquidar al mes -ya sé, está bien cara, pero sólo ahí está-, tanto, que sacó su ayuda visual para explicarme los números de lo que debería estar ganando por contar con licenciatura. Y yo, toda decepcionada: "Sí, debería y me gustaría, pero así no son las cosas".

Dentro de los trabajos que sí existen, están los clásicos abusivos de gimnasio -no digo que todos, ¿ok?- que quieren que el nutriólogo atienda a mil personas en tres horas y si puede más, pues más, por la misma paga; o si es por consulta, le ofrecen un flamante veinte por ciento de la ganancia total, como si su trabajo valiera ese pequeño porcentaje. Los que quieren bajar el salario porque "no realiza funciones de nutriólogo, sino administrativas". Los que dicen "Sí te vamos a aumentar el sueldo, pero primero haz todo el trabajo que te encargué que no tiene nada que ver con tu puesto ni preparación, y luego vemos". Y ni hablemos de prestaciones porque no es un secreto que en muchos lugares pareciera que no saben qué es eso.  

Historias así hay infinidades; lo que me gustaría es tratar de entender porqué una labor tan importante como la del nutriólogo es tan subestimada, incluso por instituciones especializadas en salud o servicios de alimentos, las cuales, se supone, están conscientes de dicha importancia.

En un intento de análisis, fragmenté el asunto de la siguiente manera:
  • La situación económica general del país.
Es mala, siguiente punto. 

Ok, no tan simplonamente. No soy economista y con mucho esfuerzo apenas comienzo a entender qué carajo sucede con el dinero que existe en todo el territorio nacional. Muy aparte de las autoridades, la impunidad y demás desgorres que se traen en las altas esferas del poder -que, claro, no le quito relevancia a sus consecuencias-, lo que veo desde mi joven e inexperto punto de vista, es que parece un círculo -o una telaraña, más bien- vicioso. No hay empleo, ni dinero, ni educación, ni salud, y cualquiera puede ser causa y consecuencia de otra. 

Específicamente en el gremio de nutriólogos, los empleos están muy mal pagados, pero en muchos casos es eso o no tener ninguna fuente de ingresos. ¿Aceptarlos o no? Ésa es la cuestión. Si nos ponemos reinas a exigir nuestros derechos, fácilmente podríamos terminar con ofertas ridículas hasta que dieran algo digno; el problema es que cuando debes cubrir mil gastos de renta, luz, agua, gas, Internet, comida, teléfono, transporte, emergencias y hasta lo de una familia, no te pones a pensar tanto en lo que mereces, sino en lo que necesitas. Aunado a que si no lo aceptas tú, alguien más lo hará, y no necesariamente un colega, sino alguien que dice "A fuerza, yo ni estudié la universidad y voy a trabajar como si lo hubiera hecho". Se entiende la postura, pero es otro remolino del que no saldremos nunca porque mientras haya gente que trabaje por esas cantidades, éstas jamás aumentarán.
  • La falta de cultura de prevención.
Uno de los comentarios más dolorosos que he escuchado en mi vida fue "Ir con el nutriólogo es una pérdida de dinero". Y, aunque me duele aceptarlo, mucha gente todavía piensa eso; se mantienen escépticos de nuestra labor porque creen que no es tan difícil comer sano. Y no, no es tan difícil, pero ya hemos mencionado toda la información errónea que circula por doquier, las malinterpretaciones y un montón de factores más que afectan el estilo de vida de las personas sin que lo noten siquiera, que hace necesaria la orientación; además de todas las otras funciones que podemos desempeñar. Pero la triste realidad es ésa, aunque ya hay mucha gente que reconoce la trascendencia, todavía hay mucha más que concibe como un lujo nuestro servicio. 

Lo que hace falta hacer entender es todo el ahorro -de tiempo, salud y dinero- que se tiene por el simple hecho de asistir a consulta nutricional antes de estar enfermos de algo. 
  • Los postgrados.
No es una regla general que absolutamente todos los nutriólogos de México estén mal remunerados. No todo es obscuridad y, por fortuna, existen lugares en donde sí se aprecia -de muchas maneras- el trabajo que desempeñamos; pero para los que aún no estamos en esa posición, hay alternativas como trabajar en más de un sitio o hacer un posgrado. En mi situación particular, pues... ya les conté que mi vida es muy triste y ni con beca, subsidio o un milagro puedo pagarlo -por lo pronto-. Sin embargo, hay muchas universidades con excelentes programas de maestrías, doctorados y especialidades, y organismos que proporcionan apoyos para este fin. Y para no extrañar las contrariedades de la vida, siempre y cuando no los proclamen como 'sobrecalificados para el puesto', todo estará bien.
  • La situación generacional.
La generación de las etiquetas -con todo lo que esto significa-. Voy a hablar de mi generación -aparte de porque es a la que pertenezco- porque es la que está empezando con todo lo de la situación laboral. Y aunque no me gusta encasillar a las personas en algo, sobre todo en algo tan chafa como ser un milennial -como los describen, pues-, reconozco que hay ciertos comportamientos que definen el modo de vida en determinada época. Lo que quiero enfatizar es el concepto de estabilidad. Ésta era entendida de forma diferente por generaciones anteriores; encontrar un buen trabajo y permanecer en él hasta el día de tu jubilación era algo bueno. A mí me aterra la sola idea de quedarme estática por más de treinta años. Ahora la estabilidad que se busca es la propia y, parte de eso, es el cambio constante. Oferta y demanda: si hay menos personas que buscan estar mucho tiempo en un mismo lugar, entonces habrá menos empleos -tan- formales. 

Esto, por consiguiente, hace al tema que nos queda el más viable: el autoempleo. Emprender. Ah, la belleza de ser tu propio jefe. Para no extenderme -más de lo que ya hice-, lo describiré como el "Si quieres hacer algo bien, hazlo tú mismo" o para fines de esta publicación "Si quieres un buen trabajo, créalo tú". No es tarea fácil, pero para la situación, parece ser la mejor alternativa.

De cualquier manera, aunque emprender sea lo mejor que podemos hacer -tema para otro post- siguen sin ser adecuadas las condiciones laborales de la mayoría de los puestos existentes para ejercer nuestra amada profesión. 

¿Porqué las instituciones deberían hacer algo al respecto? La respuesta es muy simple en términos financieros. Tener un nutriólogo es una inversión. Dependiendo el área, el beneficio puede ser muy específico, como tenerlo de supervisor o administrador en los servicios de alimentos, habrá eficacia en los procesos y, por ende, menos pérdidas monetarias; en salud la prevención efectiva haría un ahorro potencial de todo el dinero que se ocupa para tratamientos de enfermedades, además de apoyar a los mercados locales por la siempre buena recomendación de comer lo más natural y menos industrializado posible, opción que, además, resulta más barata. 

En términos más "generales" -o indirectos- si como empresa contratas a un nutriólogo que asesore correctamente a los empleados en su estilo de vida, el resultado será personal más sano, mejor concentrado, con reducción de fatiga y estrés y con menor frecuencia de enfermedades, lo que se traduce en mayor efectividad operacional.
   
Amigos, el dinero no es bueno ni malo, es necesario. Entonces, viendo el beneficio a corto, mediano y largo plazo, contratar nutriólogos se torna un ganar-ganar. Si en sus manos está algo de lo que acaban de leer -o incluso más-, no duden en actuar.

Piensen en eso antes de dormir, mis queridos empresarios, somos un equipo.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

¿Ahora ayunar es bueno?







The New York Times publicó recientemente un artículo que habla sobre investigaciones del ayuno y sus beneficios.

Lo que yo tengo que decir a eso es: What?!

Esperen dos segundos, ¿nos dicen acaso, después de años, investigaciones, campañas y esfuerzos destinados a implantarnos a la fuerza la idea contraria, que no debemos desayunar? Pues no, no estoy de acuerdo. Tal vez soy tan reaccionaria y tradicionalista que me sobrecoge tanto este mundo cambiante y por eso mi mente y corazón de nutrióloga no conciben esta nueva idea o simplemente tengo buenas razones para decir que todo esto es bullshit. 

Creo que la segunda. Les contaré; iba a externar mi humilde opinión como respuesta a varios comentarios de la publicación en 'Feisbuc' del artículo, pero al descubrir defensores sin fundamento, adeptos religiosos afirmando que "el ayuno es más efectivo si se lo dedicas a Dios", chistes sobre Venezuela y a un partidario cuyo argumento más poderoso era "dijo la gorda", recordé que tengo un blog y que puedo profundizar cuanto se me antoje sin arriesgarme a encerrar mi criterio en la misma validez que tan peculiares posturas. 

No culpo a TNYT ni a los fanáticos religiosos ni a los que precisan información verídica, sino a toda la confusión que se crea ante la falta de explicaciones referentes a la escasa estandarización de métodos.

El artículo contiene varios puntos que me gustaría enfatizar:

1. "Desde una perspectiva evolutiva, nos queda claro que nuestros ancestros no comían tres veces al día". 

Concuerdo con que el hombre primitivo no hacía de tres a cinco comidas diarias, no consumía lácteos ni cereales y no padecía enfermedades crónicas, era bastante saludable; pero también me queda claro que es absurdo querer comparar al hombre actual con el de hace miles de años. Antes respondía a sus instintos: si tenía hambre, comía, sin ningún conocimiento científico previo; no tenía la capacidad fisiológica de digerir lactosa ni cereales -cuestión evolutiva, por cierto- no porque pensara "quiero bajar de peso, evitaré los carbohidratos a toda costa"; y su esperanza de vida era mucho más corta que la de ahora, que, atendiendo a la transición epidemiológica, es característica fundamental de las enfermedades crónico-degenerativas, así que aunque lograra no ser comido por un mamut, difícilmente le iba a dar diabetes. Además, ante el pequeño detalle de que era nómada, su organismo estaba preparado para recibir grandes cantidades de alimento -no las dos mil calorías consumidas en promedio hoy en día, que seguramente le darían risa- en poco tiempo y distribuir esa energía entre su actividad física moderada constante y la de gran intensidad que ocupaba para huir o cazar. Ya me imagino al hombre antiguo comiendo así en su vida sedentaria, estresado por las miles de preocupaciones que arremeten contra sus actividades diarias -hacer el súper, su vida amorosa, correr una hora en las mañanas, la crisis económica, el partido de fútbol, el trabajo-, llenándose de productos industrializados y siendo saludable. Ajá.  

2. "Los beneficios para la salud son impresionantes".

Su razonamiento, de ser cierto, es bueno, pero ¿y los perjuicios? Lo que puedo aportar en este punto es mi propia experiencia en consulta; la mayoría de los pacientes tienen problemas de sobrepeso y obesidad por sus ayunos prolongados -entre comidas y a primera hora-, es curioso cómo casi siempre los hago comer más de lo que acostumbran y tienen mejores resultados que con sus dietas restrictivas involuntarias -o voluntarias-. Todos ellos han referido, además, una mejoría general notable, más energía, mayor concentración, fatiga tardía o inexistente y nada de molestias estomacales que solían ser recurrentes, partiendo de que el estómago trabaja en todo momento, tenga o no alimento. Hay que aludir también al cerebro, a pesar del efecto protector neuronal que presumen con el ayuno, éste trabaja a base de carbohidratos, su fuente principal de energía y, a menos que se cuente con una habilidad especial para desconectarlo, estará activo todo el tiempo; lógicamente, si se reduce su combustible, a la par disminuirá su actividad. Desacelerar el metabolismo no vale la pena frente a resultados que ni siquiera están plenamente comprobados, lo que me lleva al siguiente punto.

3. "Sus defensores responden que el campo de investigación crece rápidamente".

Lo que es sinónimo de "es socarronamente nuevo, pero ahí la llevamos". Si algún defensor del ayuno está leyendo esto, lamento informarle que las pruebas de dichos estudios no son concluyentes. Y no lo digo yo, lo dicen ellos: "Ludwig señaló que aún no se ha estudiado cabalmente la efectividad de ayunar a largo plazo" -obviamente-. Además de que setecientas y ciento siete personas, respectivos estudios que mencionan, no consolidan suficiente evidencia científica como para empezar a emplear este método como único, omnipotente y verdadero. Pero, ¡ah! cómo les encanta a los medios de comunicación acrecentar la histeria colectiva y a la gente hacer polémica de encabezados -porque rara vez leen el artículo completo-. Es uno, de tantos más, que usa lenguaje bonito y difuso con la finalidad de que las personas confundan una opinión con un hecho.

4. "Sólo es cuestión de adaptarse".

Me gustó el término que empleó mi roommate cuando, como todas unas profesionales, comentábamos sobre la dichosa publicación: "Neoanoréxicos". Y es que cuando empiezan a utilizar frases como "el ayuno presiona a las células", "lo prepara para agresiones posteriores", "obliga al cuerpo", "no es una transición fácil" de una manera tan indiferente como si se tratara de aprender a cocinar, no es normal. Tampoco lo son sus tipos de ayuno. ¿Qué persona en su sano juicio va a querer dejar de comer dos días para poder comer "lo que quiera" cinco? ¡Ni siquiera pueden dejar de comer papitas en las tardes! O comer todas las calorías del día en unas horas sin vomitar -o estar cerca de-. 

No estoy diciendo que el ayuno no pueda tener sus frutos, le doy el beneficio de la duda y tiempo para comprobarlo, pero sé que -such a cliché- cada organismo es diferente y lo que funciona para unos no necesariamente lo hace para otros y -esto sí lo afirmo- es muy estúpido querer adoptar ciertas prácticas por moda o por desesperación a partir de información que no está formalmente confirmada; advertir de ello es responsabilidad de quien lo publica y lo comparte, sobre todo si piensan en todos los adolescentes -de cuerpo y mente- que se creen todo lo que leen. 

Moraleja: No crean todo lo que leen, no ayunen y -como todas mis conclusiones siempre- vayan con el nutriólogo.







P.D. Todas las palabaras subrayadas son un link que los conducirá a cosas maravillosas como el artículo que hoy critiqué. Fin.  

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Hambre, antojo o ansiedad



Común y trágicamente se tiende a confundir estas tres situaciones por desconocimiento de su significado. Hambre es la más usada por su inherencia a la comida y porque difícilmente una persona va a especificar o aceptar que está ansiosa por -sabrá Odín- qué razón; bajo circunstancias típicas, como embarazos o postres -o ambas- se designa al antojo. En general, nuestra cultura es por "naturaleza" perezosa, hasta para hablar correctamente, verdadera causa por la que se utiliza un mismo término para cosas en esencia muy distintas.

"¿Porqué esto es importante, Gaby?", me preguntarán. Yo les responderé que no lo es en absoluto, pero disfruto llenar sus cabezas de puro conocimiento que quizás les sirva para algo en algún momento de su vida, como romper el hielo con datos inútiles en una conversación incómoda. 

A lo que nos truje, pues.

Empecemos con el más simple: el hambre. Irónicamente, como proceso, es el más complejo de los tres: que la neurotransmisión, que las enzimas, que la acidificación, que la sucesión psicomotora, que la peristalsis, que esto, que el otro. Ya saben, trivialidades bioquímicas que no pienso explicarles a fondo. Por "simple" me refiero a que es más fácil identificarla y, por ende, eliminarla. Como definición muy propia, digamos que es la condición fisiológica que indica que nuestras reservas inmediatas se agotaron, que estamos liberando ácido clorhídrico a lo idiota y que debemos consumir algún alimento lo antes posible.  

Atender a esta exigencia nos va a librar de: hipoglucemia, que se reconoce por sudoración fría, temblor y mareo o dolor de cabeza; acidez, ya que nuestro amigo estómago sigue trabajando tenga o no alimento, que a largo plazo puede convertirse en gastritis; y, la más horrible de todas, reservas energéticas, o dicho de otro modo: para evitar que muramos de inanición en futuras ocasiones, el cuerpo guarda energía en forma de grasa. Sí, el dejar de comer por muchas horas podría hacernos gordos -a algunos ya les pasó-. Por fortuna, como toda cualidad fisiológica, deja de ser necesidad cuando se cubre; es decir, el hambre se quita comiendo.  

Sigamos con el antojo. Éste está diseñado para hacernos sufrir de una manera menos fisiológica, pero más cruel. Es la idealización de un alimento específico y puede presentarse simultáneamente con el hambre o solo. En la primera, ambos se hacen más voraces, pero si seguimos nuestros instintos antojadizos, al menos respondemos a una necesidad; la segunda es peor, porque si ya estamos satisfechos pero aun así cedemos ante sus bajos impulsos, seguro estaremos consumiendo un exceso, lo que también -sí, adivinaron- nos hará gordos.

Finalmente, la ansiedad. ¡Oh!, el horror. La más fácil de confundir y la más difícil de quitar. No tengo una definición precisa para ella, pero cuando decimos algo parecido a "quiero comer algo, pero no sé qué", ahí está. Normal, si es una que otra vez durante toda la vida. Si se presenta constantemente entonces es un problema, uno serio. No, amigo o amiga que se identificó con esto, no es hambre, no es antojo, tienes ansiedad y deberías dejar el ocio un rato o  visitar al psicólogo. Y por si se lo preguntaban, también nos hace gordos, no sólo por el exceso de calorías que tienen esos Pingüinos innecesarios de media tarde, sino por el origen de la ansiedad que impone estrés a nuestro organismo y que, por otro curso bioquímico complejo, crea depósitos de grasa. 

Conclusión, todo nos hace gordos.


Por si no habían notado el sarcasmo del segundo párrafo -y del anterior-, es un tema de suma importancia relativo al autocontrol, ya que si no se determinan de inicio las sensaciones o sentimientos que generan malos hábitos, éstos no podrán erradicarse, creando o acrecentando las afecciones físicas o emocionales de las que, rara vez, se toma responsabilidad -como la obesidad-. Amigos míos, los invito a hacer este ejercicio de diferenciación y verán lo fácil que es dejar de tragar como si no hubiera un mañana, en lugar de ir a decirle a su nutriólogo "es que me quedo con hambre". 




Con permiso, acabo de comer, pero tengo hambre de chocolate.