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miércoles, 21 de septiembre de 2016

Hambre, antojo o ansiedad



Común y trágicamente se tiende a confundir estas tres situaciones por desconocimiento de su significado. Hambre es la más usada por su inherencia a la comida y porque difícilmente una persona va a especificar o aceptar que está ansiosa por -sabrá Odín- qué razón; bajo circunstancias típicas, como embarazos o postres -o ambas- se designa al antojo. En general, nuestra cultura es por "naturaleza" perezosa, hasta para hablar correctamente, verdadera causa por la que se utiliza un mismo término para cosas en esencia muy distintas.

"¿Porqué esto es importante, Gaby?", me preguntarán. Yo les responderé que no lo es en absoluto, pero disfruto llenar sus cabezas de puro conocimiento que quizás les sirva para algo en algún momento de su vida, como romper el hielo con datos inútiles en una conversación incómoda. 

A lo que nos truje, pues.

Empecemos con el más simple: el hambre. Irónicamente, como proceso, es el más complejo de los tres: que la neurotransmisión, que las enzimas, que la acidificación, que la sucesión psicomotora, que la peristalsis, que esto, que el otro. Ya saben, trivialidades bioquímicas que no pienso explicarles a fondo. Por "simple" me refiero a que es más fácil identificarla y, por ende, eliminarla. Como definición muy propia, digamos que es la condición fisiológica que indica que nuestras reservas inmediatas se agotaron, que estamos liberando ácido clorhídrico a lo idiota y que debemos consumir algún alimento lo antes posible.  

Atender a esta exigencia nos va a librar de: hipoglucemia, que se reconoce por sudoración fría, temblor y mareo o dolor de cabeza; acidez, ya que nuestro amigo estómago sigue trabajando tenga o no alimento, que a largo plazo puede convertirse en gastritis; y, la más horrible de todas, reservas energéticas, o dicho de otro modo: para evitar que muramos de inanición en futuras ocasiones, el cuerpo guarda energía en forma de grasa. Sí, el dejar de comer por muchas horas podría hacernos gordos -a algunos ya les pasó-. Por fortuna, como toda cualidad fisiológica, deja de ser necesidad cuando se cubre; es decir, el hambre se quita comiendo.  

Sigamos con el antojo. Éste está diseñado para hacernos sufrir de una manera menos fisiológica, pero más cruel. Es la idealización de un alimento específico y puede presentarse simultáneamente con el hambre o solo. En la primera, ambos se hacen más voraces, pero si seguimos nuestros instintos antojadizos, al menos respondemos a una necesidad; la segunda es peor, porque si ya estamos satisfechos pero aun así cedemos ante sus bajos impulsos, seguro estaremos consumiendo un exceso, lo que también -sí, adivinaron- nos hará gordos.

Finalmente, la ansiedad. ¡Oh!, el horror. La más fácil de confundir y la más difícil de quitar. No tengo una definición precisa para ella, pero cuando decimos algo parecido a "quiero comer algo, pero no sé qué", ahí está. Normal, si es una que otra vez durante toda la vida. Si se presenta constantemente entonces es un problema, uno serio. No, amigo o amiga que se identificó con esto, no es hambre, no es antojo, tienes ansiedad y deberías dejar el ocio un rato o  visitar al psicólogo. Y por si se lo preguntaban, también nos hace gordos, no sólo por el exceso de calorías que tienen esos Pingüinos innecesarios de media tarde, sino por el origen de la ansiedad que impone estrés a nuestro organismo y que, por otro curso bioquímico complejo, crea depósitos de grasa. 

Conclusión, todo nos hace gordos.


Por si no habían notado el sarcasmo del segundo párrafo -y del anterior-, es un tema de suma importancia relativo al autocontrol, ya que si no se determinan de inicio las sensaciones o sentimientos que generan malos hábitos, éstos no podrán erradicarse, creando o acrecentando las afecciones físicas o emocionales de las que, rara vez, se toma responsabilidad -como la obesidad-. Amigos míos, los invito a hacer este ejercicio de diferenciación y verán lo fácil que es dejar de tragar como si no hubiera un mañana, en lugar de ir a decirle a su nutriólogo "es que me quedo con hambre". 




Con permiso, acabo de comer, pero tengo hambre de chocolate.

lunes, 29 de agosto de 2016

La consulta de nutrición







Desde siempre se le ha imbuido a la población que el único profesionista indispensable que tiene conocimientos que nadie más posee y su trabajo no es sustituible por el ingenio o la experiencia humana, es el médico… y, en parte, es verdad; pero incluso esta acción está mal encaminada, ya que sólo se acude a él hasta que se presenta una serie de síntomas que inhabilita para seguir con las actividades cotidianas, después de haber intentado por todos los medios encontrar una cura por cuenta propia, principalmente por remedios caseros o automedicación.

Es muy poco frecuente que exista una cultura de prevención, en donde lo ideal sería asistir con los profesionales de la salud antes de que apareciera cualquier padecimiento y no después. Asimismo, es inusual acudir con profesionales no médicos de este ámbito, a pesar de que están sumamente involucrados con la prevención y tratamiento de enfermedades, especialmente la primera. No se ha educado a la gente para solicitar asesoría sobre cómo tener un estilo de vida adecuado, mucho menos bajo la explicación lógica de todo el dinero, tiempo y salud que ahorrarían si empezaran a ocuparse por estar sanos en lugar de preocuparse cuando ya están enfermos.

Desafortunadamente, ante la obviedad de que la alimentación es una de las cosas más importantes de la vida, muchos lo ignoran; aspectos básicos como el habitual dolor de cabeza o cansancio que una persona percibe a lo largo del día, pueden tener una causa muy simple: consume menos energía de la que gasta. Todo individuo necesita determinada cantidad de energía –expresada en kilocalorías- que únicamente va a poder obtener de los alimentos; su requerimiento dependerá de su peso, estatura, edad, sexo, metabolismo y la actividad física que realice, es decir, en cada persona es diferente. Si no ha consumido lo suficiente para sus actividades, siendo el cerebro el primer órgano afectado ya que éste funciona a base de carbohidratos –la principal fuente de energía-, presentará, consecuentemente, dolor de cabeza. Y antes de pensar si ya ha comido lo necesario, pensará en qué medicamento tomar para que el dolor cese.

Hay que tener claro que, comúnmente, se ingieren más calorías de las que se gastan, el problema radica en que no se distribuyen adecuadamente, se deja al organismo varias horas sin ninguna fuente de energía y se satura en pocas comidas al día con alto contenido calórico que no será ocupado del todo en ese momento, por lo que, además de sentir fatiga todo el tiempo, el excedente empezará a almacenarse como reserva energética en el tejido adiposo, lo que causará sobrepeso y obesidad a largo plazo, con sus respectivas complicaciones. No sólo la cantidad es importante, la calidad de lo que se consume es un factor determinante en la salud, junto a otros agentes como la herencia y el medio ambiente.

Asistir a consulta con el nutriólogo podría prevenir enfermedades hasta en un 70%, debido a que es el único profesional facultado para prescribir planes de alimentación personalizados al valorar el gasto energético y necesidades individuales, orientando sobre el tipo de alimentos que se deben comer y el momento apropiado del día para hacerlo y, de esta manera, mantener un buen estado de salud.