Existen muchas creencias y formas de vida con las que no concuerdo -por eso no las profeso- que, sin embargo, respeto. Lo que no considero digno es que los padres las impongan a sus hijos. Parte de la libertad de una persona es poder elegir las ideas que quiere seguir. Y sí, los niños son personas, así que tienen ese derecho.
Muchos podrían decir que los niños no saben nada de religión, política, fútbol, derechos animales e infinidad de temas. Pero ¿eso qué?, ser niño no significa incapacidad para aprender esas cosas; al contrario, sin ideas preconcebidas es más sencillo adquirir conocimientos.
El modelo de imposición más claro quizá sea el de la religión. En nuestra sociedad es perfectamente normal que los hijos sean adeptos de la misma religión que los padres, que se les eduque en ella y se haga todo el circo, maroma y teatro solicitado para sus fines. Pero quién dijo que debía ser así. Entiendo que un niño que acaba de cumplir un año de edad no va a renegar el ser bautizado -por ejemplo-, pero se podría esperar a que creciera un poco y explicarle que existe una infinidad de dogmas, en qué consisten y que es libre de practicar alguno o de no hacerlo. Pero nadie lo hace porque siempre se ha de querer que los hijos sean clones y no seres independientes con juicio y propósitos propios. La imposición de credos en los niños no es una necesidad, es una necedad.
Ahora, dejando de lado la analogía religiosa -antes de que me toquen los catorrazos incorrectos-, pasa lo mismo con la alimentación. Ya hemos hablado de las dietas de moda y de lo torpe que es seguirlas sin una correcta asesoría o sin un objetivo en particular, está demás decir que hacerlo con niños es igual de absurdo. Hay personas que dejan de consumir alimentos con gluten o lactosa porque escucharon que es 'malo', cuando en realidad hay patologías específicas para la restricción de estas sustancias que no afectan a la mayoría de la población.
Más bien, quiero retomar el tema de ciertos estilos de alimentación adoptados por razones más profundas que "bajar de peso", por una nota que salió hace poco en donde informaban sobre algunas consecuencias de las dietas sin carne en niños. Yo sé que algunos padres de familia tienen buenas intenciones y desean que sus hijos sean conscientes del mundo a su alrededor o quieren que sigan alguna doctrina por su propio bien espiritual, pero a ellos les falta discernir sobre el verdadero beneficio; pienso que ninguna creencia temprana y no totalmente entendida vale la salud de los pequeños.
Y no es porque no se pueda seguir cierto tipo de dietas o porque sean lo peor del mundo y vayan a quedar retrasados o por algún motivo alarmista que se les ocurra. El fin de esto es informar que cualquier alimentación es posible, siempre y cuando esté adaptada a cada individuo.
Podemos darles dos opciones.
La primera, sustentada en lo que se dijo al inicio, esperar a que sus hijos formen un criterio firme para decidir con qué tipo de convicciones desean simpatizar y, mientras tanto, seguir las recomendaciones nutricionales generales para mantener una buena salud y un desarrollo integral óptimo.
La segunda, con una muy buena justificación, acatar las costumbres que su ideología dicta sobre los alimentos, siempre con una evaluación previa y seguimiento de un régimen personalizado junto con todas las recomendaciones pertinentes.
Ambas, claro está, bajo la asesoría de un profesional de la salud, mejor conocido como el siempre confiable nutriólogo.
Recuerden que todo se puede adaptar, sólo no lo hagan a lo bestia y verán que se puede tener un equilibrio entre bienestar físico, emocional y espiritual.
Namasté

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